“GATO”

 El Cojense

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LUES O7-11-2016

Gato cimarrón parido en cuadra abandonada, gato negro y poderoso, que a ojo te calculo seis o siete kilos de peso, demasiados para lo normal en un felino doméstico, aunque tú no lo eres, tú eres libre, silvestre como tus primos monteses, autónomo, tu propio amo, y también el amo del contorno, el rey territorial, pues tu corpulencia, tu maullido y tu mirada intimidatoria de seguro te liberan de entablar batalla con otros gatos por la comida o la posesión de la hembras. Gato de pelo lustroso, devorador de carne, que, aunque cazas sin dificultad ratas, gazapos, mallancones y golondrinas de temprano vuelo rasante en las aceras, acudes a la proximidad de los humanos a la espera, como buen gato, de su descuido o de la facilidad de sus desechos, y que al encontrarte conmigo eludiste mi presencia y el abrigo de los corrales para adentrarte en tus verdaderos dominios, la escarpada sierra a donde yo me dirigía aquella mañana de finales de marzo, y que por coincidir con la dirección que yo llevaba me guardabas una prudente distancia, parándote y avanzando, estudiando mis movimientos y tratando de adivinar mis intenciones, mientras yo te seguía temiendo perderte de vista y privarme del espectáculo de tus evoluciones por la desnuda roca cerca de la cresta. Entonces, jugando una carta inesperada para mí, te introdujiste en un agujero, en la boca que hay al fondo de una oquedad cárstica que yo conozco bien desde hace muchos años: ¡una zorrera, gato; una madriguera de raposas que se adentra en el ignoto vientre de la peña! Ahí te metiste, gato. Tú lo sabías muy bien, y lo hiciste por comodidad, que los felinos no gastáis energías gratis, y era mejor ocultarse y holgar tumbado que seguir andando delante de mí, porque a ti las raposas no deben importarte mucho, pues casi las igualas en peso y corpulencia y estás mejor armado que ellas. Yo he visto pelear a otros gatos inferiores en tamaño a ti con perros que los triplicaban en peso y quedar el combate en tablas. No me extrañaría que hubieras expulsado a los habitantes de la zorrera, estupendo refugio que te queda a escaso medio kilómetro de los humanos de los que te beneficias. Dice un proverbio indio que Dios hizo al gato para que los humanos pudiéramos acariciar al tigre. Es posible. Pero tú no te dejas acariciar, ni te conviene, ni lo necesitas, ni te lo aconsejo, por que perderías parte de tu libertad y de tu individualidad, dejarías de ser único. Déjate solo admirar, o adorar si cabe, pero no te dejes tocar ni siquiera por mí, aunque sería feliz si pudiera por un momento pasar mi mano por tu lomo y sentir tu fuerte musculatura bajo la suavidad de tu negro pelo y de tu recia piel: ¡eso sí sería como acariciar un verdadero tigre negro!