CARTA ABIERTA AL SECRETARIADO POLÍTICO DEL CC DEL PCPE

Rafael Moñino Pérez

            Callosa de Segura,  22  de Marzo de 2018.

Queridos miembros del Secretariado Político del  CC del PCPE:

Os escribo esta carta para comentar el texto publicado el mes pasado en este periódico y que tituláis “CRUZ FASCISTA DE CALLOSA–Valoración del Secretariado Político del CC del PCPE sobre la retirada de la cruz fascista de Callosa del Segura”. Antes que nada quiero deciros que esta cruz, en mi opinión, es un monumento religioso, no fascista, sino símbolo pacifista por antonomasia, el cual, gracias en parte a vuestro empeño y a la relación de colaboradores y camaradas participantes -cada uno en su papel- que citáis en vuestro escrito, se ha hecho famoso en toda España. En principio, nobleza obliga, hasta que la justicia emita la sentencia definitiva, felicidades.

            Advierto de entrada que esta carta es personalmente mía, solo mía, sin colectivos que la apoyen, por lo que soy el único responsable de todo cuanto en ella se dice.

            También quiero afirmar, para que tampoco haya dudas identitarias, que soy y me declaro católico apostólico romano, y que por mi fe en Jesucristo la palabra queridos con la que comienzo la carta no es un formulismo epistolar sino lo que siento de verdad por vosotros, porque si Él, desde el suplicio de la cruz perdonó a todos los hombres (a mí y a vosotros incluidos), no seré yo quien enmiende sus palabras. En cuanto a mi ideario terrenal, tal vez os sorprenda saber que estoy por encima de banderías políticas y nacionalidades menores: soy español a secas, con lo que eso significa, y, de ahí para arriba, el mundo es mi casa; postura que, sumándole la costumbre de haber hecho y dicho en muchas ocasiones lo que mejor me ha parecido sin respetos humanos de conveniencia (como ahora estoy haciendo), me ha valido ser tachado a veces de rojo por algunos de las llamadas derechas, y de facha por algunos de las izquierdas. Tal vez sea ese, pienso, y por el respeto mutuo que nos profesamos, el motivo por el cual entre mis mejores amigos figuran gentes de todas las ideologías y credos. Lo que seré a partir de ahora para vosotros es fácil de imaginar, pero me seguirá dando igual; tengo la piel muy dura.

            Sentadas las bases de esta carta, y quedando claro quien soy, paso a comentar vuestra valoración sobre la retirada de la cruz callosina.

            Lo primero que salta a la vista es vuestra obsesiva fijación y nerviosa actividad por una ley, la de Memoria Histórica, a la que llamáis timorata. Si yo fuera dirigente de un partido político legalizado y pensara eso de una ley no me hubiera entretenido en crear una asociación de asociaciones como la COAMHI (Coordinadora de Asociaciones por la Memoria Histórica de la Provincia de Alicante), sino que, en las Cortes, hubiera presentado un proyecto distinto y buscado apoyos para cambiarla y no fuera timorata: es el cauce adecuado, y no hay, democráticamente, otro. A mí tampoco me gusta esta ley, pero no por timorata sino por partidista y revanchista en la práctica, porque, a cada una de las salvajadas de las que acusáis a lo que llamáis dictadura franquista y ultraderecha (incluidos los vecinos de Callosa que se opusieron a la retirada de la cruz), yo mismo, español de a pie, os aseguro que entre recuerdos personales y lo oído a los mayores dentro y fuera del ámbito familiar, unos como militares participando en los frentes de batalla, y otros como civiles en la retaguardia, sin necesidad de historiadores ni memorias históricas escritas podría oponer otras tantas atrocidades de signo contrario a las que denunciáis, y de paso citar hechos aislados de heroísmo personal en los pueblos por salvar vidas de vecinos en uno y otro bando. También abogáis, al final del escrito, “por la anulación de la totalidad de los juicios del franquismo y la rehabilitación de las personas procesadas en esos montajes”. Vale: es una opinión; pero que lleva implícito el reconocimiento por vuestra parte de que hubo juicios, y si los hubo, tuvo que haber vistas de causas judiciales en las que se aplicaran algún tipo de leyes que dieran lugar a veredictos. Pero resulta, y siento tener que recordároslo, para que cada palo aguante su vela, que la clase de juicios que solían celebrar vuestros correligionarios de otros tiempos consistieron en sacar de madrugada a la gente de sus camas para pegarles dos tiros en una cuneta. La bondad y la maldad, queridos míos –vuelvo a llamaros, de corazón, queridos, aunque ello no sea óbice para deciros lo que pienso-, son simplemente humanas, no son de izquierdas ni de derechas, y parece que no lo sepáis. Hace cuarenta años, cuando la mayoría de vosotros érais unos críos, los españoles adultos tratamos de reconciliarnos durante la llamada Transición, que tampoco os gusta y sobre la que volveré enseguida. Pero, por desgracia, los versos machadianos “Españolito que al mundo vienes, te guarde Dios. / Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, siguen y seguirán vigentes mientras el odio anide en el corazón humano, y serán imposibles la reconciliación y el perdón entre hermanos; odio, por cierto, que atufa con fuerza desde vuestro escrito, y que yo ni comparto ni siento hacia vosotros.

            De la Transición señaláis que fue “engaño y manipulación”. La Constitución, pues, como derivada de ella, puede que tampoco sea de vuestro agrado, pues de la llamada Transición decís que (copio literalmente de vuestro escrito) “…confirma también cómo este proceso no hizo otra cosa que perpetuar a las mismas clases dominantes franquistas en una nueva versión adaptada del ejercicio de su dictadura, en este caso bajo la forma de monarquía parlamentaria”. Después de leer esto (donde no se menciona para nada la palabra democracia, ni en el resto de vuestro escrito, algo que se entiende perfectamente por qué), permitidme que os llame zoquetes, aunque mejor que este adjetivo os cuadra el de embusteros: La Transición, y os lo digo en pocas palabras sin necesidad de notas ajenas porque fui testigo de ello, trasformó la dictadura franquista en democracia, y fue posible precisamente por la colaboración entre las fuerzas políticas de derechas procedentes del franquismo, las de izquierdas provenientes de la clandestinidad –Partido Socialista y Partido Comunista (o sea, vosotros)-, y el rey de España. También tuvieron un papel importante militares como Gutiérrez Mellado, y eclesiásticos como el cardenal Tarancón.

            Igualmente acusáis a los jueces (“aparato judicial” les llamáis despectivamente) de connivencia con la ultraderecha, más la complicidad de todas las instituciones (¿todas?), y también del Gobierno y la Fiscalía para colocar todo tipo de obstáculos y que no se inicien ciertos procesos judiciales. Vale: por acusar, que no quede, y más si es gratis. Pero todas estas instituciones cuentan con mi mayor respeto, pues forman parte del Estado de derecho democrático, con separación de poderes, de mi país, España.

            De la Constitución, ya que ha sido citada, aprovecho para deciros que ha provocado  tres situaciones que no me gustan, y seguro que no coincidimos en esto vosotros y yo. Una: Que España, con el tremendo gasto que eso conlleva, esté partida en 17 pedazos con 17 gobiernos y 17 parlamentos que cada día hacen más difícil la convivencia entre españoles (consolémonos: los árabes parece que la dividieron en 33 taifas, y así les fue). Dos: Que la vigente Ley del Aborto permite, bajo la eufemística y necia expresión de “interrupción voluntaria del embarazo”, asesinar seres humanos. Y digo esto porque, lógicamente, solo se interrumpe aquello que se puede reanudar, como, por ejemplo, un discurso; y aquí, por tratarse de vidas, llamando a las cosas por su nombre, se mata impunemente. Y tres: Aunque la Constitución garantiza el derecho de los padres a educar a los hijos según sus propias convicciones, y en el idioma oficial nacional, sucede que, por las amplias transferencias en educación hechas a las comunidades autónomas y la laxitud en el cumplimiento de sentencias judiciales, existe la dificultad –imposibilidad material en algunos casos- de que esto se cumpla. Este disparate, queridos amigos, extraña bastante a los extranjeros cuando se enteran, pues es el único país del mundo civilizado donde esto ocurre.

            Pero resulta que, con sus defectos, esta, y no otra, es la Constitución que nos dimos mayoritariamente los españoles; y si no me gusta, como tampoco la ley de Memoria Histórica, timorata para vosotros, pues “ajo” y “agua”, que diría el castizo, porque de la “timorata” os habéis servido para retirar el símbolo religioso de una cruz que estaba en la fachada de un templo católico, no enmedio de un campo de fútbol; y si eso os hace felices, sea enhorabuena; aunque ni en mí ni en otros católicos que conozco va a disminuir un ápice la fe, sino todo lo contrario, aunque nos sintamos heridos y pidamos perdón al Crucificado por nuestras culpas y las vuestras.

            Antes he dicho que la ley de Memoria Histórica me parecía partidista y revanchista en la práctica, y lo pienso porque es lo que habéis hecho con la retirada de la cruz callosina, abriendo innecesariamente heridas que el tiempo había ido cerrando prácticamente a medida que vamos muriendo los que, por edad, tenemos viejos recuerdos. Y en cualquier caso, si vuestro empecinamiento lo hubierais querido llevar a la práctica, no contra viento y marea sino con el correspondiente respaldo popular, una consulta local a los callosinos sobre si debía retirarse la cruz o permanecer en su sitio hubiera aclarado bastante las cosas, y cubierto también vuestras espaldas frente a los vecinos cualquiera que fuera el resultado de la consulta. Se os llena la boca con el pueblo y las masas, pero según para qué.

            Voy acabando la carta, pero no sin recordaros antes tres cosas elementales que deberíais considerar y no olvidar. Una: La libertad de expresión que nos da la democracia que disfrutamos, derecho fundamental que no entiende de ideologías ni credos, fruto de lo que en vuestro escrito calificáis como engañosa transición con la aquiescencia de la monarquía parlamentaria, es la que os permite atacar a los católicos y a la Iglesia de Cristo; como me permite a mí, humilde ciudadano católico de a pie, responderos y defender mis creencias y opiniones. Dos: Que el ejercicio de esta democrática libertad que legalmente ampara los actos y expresiones de cualquier ciudadano español, ni fue nunca posible ni lo es donde se gobernó y se gobierna bajo las dictaduras comunistas. Y tres: Que, lamentablemente, el estilo literario de vuestra  valoración sobre la retirada de la cruz, lleno de consignas revolucionarias y guerracivilistas, como “implicar a las masas obreras y populares”, “movimiento de masas”, “trabajo de masas” y “política de masas”, produce bochorno intelectual por el lenguaje decimonónico, pedestre y mitinero empleado, que me recuerda la matraca que vengo escuchando desde mucho antes que naciérais. Demasiadas masas para tan poca levadura. No os enteráis del paso del tiempo, y lo perderéis inútilmente quitando cruces materiales, porque las cruces de verdad –tomad nota de esto- las llevamos los católicos, con fervor y alegría, en el corazón, de donde no hay leyes humanas que las retiren.

            Os mando un abrazo. Y si alguien se siente ofendido, sepa que no ha sido esa mi intención.