UN ESPECIAL SILENCIO FLOREADO

Rafael Moñino Pérez

MIÉRCOLES 01-05-2019

            La recién terminada Semana Santa, con su sonido de bandas de cornetas y tambores me ha traído a la memoria lejanos tiempos, los del servicio militar, aquella “mili” obligatoria salvo casos especiales de impedimento, hoy desaparecida por su transformación en profesional. Hice el servicio militar como músico agregado a la banda de música de la Academia General del Aire, en San Javier. La Sección de Música, formada por los miembros de la banda de cornetas y tambores y los músicos agregados, ocupaba la parte del fondo de una de las naves de tropa con los servicios normales de oficina, furrielería, sargento de semana, cuarteleros, etc. No teníamos servicio de armas; lo nuestro era la práctica diaria de la música en el local de ensayos, pero hacíamos el servicio normal de imaginarias de cuatro turnos de dos horas por noche, motivo por el que, como éramos unos escasos treinta soldados, nos caía por lo menos una imaginaria a la semana.

            Había la costumbre, no escrita, de que la noche precedente al día de licencia de cada reemplazo de soldados (dos por año, pues aunque el servicio eran dieciocho meses, cada seis meses se licenciaba uno y entraba otro nuevo de reclutas), el toque de silencio a cargo del corneta de servicio -o de algún artista del instrumento que lo sustituyera-, fuera de silencio floreado, es decir, un toque especial, más extenso de lo ordinario y adornado con las florituras que el músico supiera hacer. Era, pues, un toque de despedida, el último de silencio que oirían los que al día siguiente abandonarían el cuartel para regresar a sus casas, y el corneta se esmeraba, y más todavía si él mismo se encontraba entre los que se licenciaban, como ocurrió con uno de mis compañeros, Francisco Díaz Ferrer, de Buñol. Pero aquella noche hubo dos silencios: el que tocó el buñolense, que hizo lo mejor que supo, y el especial a cargo del sargento músico Don Pedro Práxedes Delgado Onduvilla. Contaré los dos casos, y verán la gran diferencia entre ambos.     

            El del compañero Díaz lo compuse yo, y lo tuvo que aprender de oído porque, pese a tocar bastante bien la corneta, no sabía solfeo. Bajamos con él unos cuantos compañeros a la plaza de armas para apoyar su actuación, que ya era bastante conocida de los acompañantes por haberse escuchado varias veces la melodía durante el aprendizaje y los ensayos. Lo hizo muy bien, con esmerado y potente sonido, y le aplaudimos cumplidamente. Pero la gran sorpresa fue la llegada del mencionado sargento, a quien nadie que conociera su estado esperaba allí, empezando por mí, aunque tenía mis dudas, dado que este hombre padecía un tremendo herpes labial. Esto, para cualquiera que no sea músico de instrumentos de viento, es solo una molestia, pero para mí, que padecí de varios herpes cuando lo fui, y me veía obligado a dejar el instrumento descansar durante varios días, a veces toda una semana cada vez que me afectaba, sé bien de lo que hablo.

            Conocedor de las dotes del sargento como instrumentista, meses atrás le pedí que nos despidiera a mis compañeros y a mí con un silencio floreado, a lo que accedió gustoso, pero unos días antes del evento le vi con los labios bastante hinchados, por lo que le comenté la mala suerte de su estado, sabiendo que después de la hinchazón llegaría la formación de molestas costras labiales, incompatibles con el uso de cualquier clase de boquilla instrumental de madera o de metal. Pero me dijo: -No os preocupéis tú y tus compañeros: habrá silencio, como te prometí.

            Y cumplió lo prometido, ¡vaya si lo cumplió, y de qué manera! Llegó sorpresivamente hasta nosotros mientras el soldado estaba tocando el silencio compuesto por mí, y cuando acabó le pidió la corneta, le quitó la boquilla reglamentaria, le puso una boquilla de fliscorno, se la aplicó justo en la comisura derecha de la boca, y venciendo las inevitables molestias del herpes comenzó a desgranar un torrente de sonidos musicales que nos mantuvo en vilo y profundamente emocionados durante un largo rato, tal vez un cuarto de hora o más.

            Mientras tocaba, de las puertas de las naves frente a la plaza de armas se veía salir continuamente bastante tropa y algunos mandos para no perderse el espectáculo en directo, y cuando acabó, un cerrado y largo aplauso y vivas salieron de las manos y gargantas de los asistentes.

            Para mejor comprensión del acontecimiento también debo aclarar, en atención a los que no sean músicos, que la corneta militar, a diferencia de las que solemos ver en las bandas de pueblo que amenizan las procesiones y desfiles festeros, no tiene llave modificadora del sonido, pues no es más que un rígido tubo metálico doblemente curvado para hacerlo manejable en menor espacio que si fuera recto. Su registro musical es de solo cinco notas naturales, que en sentido ascendente son Do, Sol, Do, Mi, Sol, la primera de las cuales, la más grave, en la clave de Sol se sitúa sobre una línea adicional debajo del pentagrama, y la última, la más aguda, apoyada sobre la línea superior. Con estas cinco notas se componen y ejecutan todos los toques militares reglamentarios, y, naturalmente, con una combinación de ellas compuse el silencio que tocó mi compañero soldado. Era lo propio y obligado, pues, de haberme salido del registro de la corneta, él no hubiera podido ejecutarlo. Mas, ¡ay!, la fortuna quiso que esta sencilla y tosca herramienta musical que acabo de describir, en las manos de un artista superdotado como el sargento Delgado Onduvilla se convirtiera en algo semejante a una trompeta de pistones, instrumento donde la combinación de los cambios de longitud del tubo y la maestría del labio del músico producen el milagro de la riqueza de bellos sonidos que nos son familiares en él. Pero, insisto, no era una trompeta, sino una corneta militar lo que se oía emitiendo sonidos y tonalidades semejantes a los de la trompeta, y los provocaba un músico con los labios enfermos de herpes apoyando el instrumento provisto de una boquilla de fliscorno sobre una de sus comisuras.

            Esto que cuento ocurrió la víspera del 18 de Febrero de 1958. Ya han pasado 61 años y dos meses, pero el recuerdo de la hazaña de este gran músico todavía permanece imborrable para quien tuvo la suerte de presenciarla.