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“RELATIVIDADES”

Rafael Moñino Pérez

 

Astrofísica y física.com
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LUNES  17-04-2017

Una de las pocas cosas que logré entender -el ejemplo es muy asequible para los profanos en Física como yo- sobre la Teoría de la Relatividad de Einstein es el de que la interpretación de los sucesos que ocurren a la vista depende mucho de la posición del observador. El caso de la relativa situación de la pelota con la que juegan dos pasajeros en un tren colocados uno a cada extremo a lo largo del vagón lanzándosela alternativamente uno a otro a su paso por una estación, respecto de un individuo que observa la escena desde el andén, es comprensible para cualquiera sin formación científica, pues la pelota, si sucede que los jugadores la lanzan entre sí a la misma velocidad a la que viaja el tren, nuestro inmóvil observador, según qué jugador la haya lanzado, verá la pelota en una de estas dos situaciones relativas: Suspendida y quieta en el aire, o al doble de la velocidad a la que pasa el tren. La visión real de un mismo hecho resultará, pues, radicalmente distinta para los jugadores viajeros que para el espectador, porque distintas son también sus realidades físicas y sus posiciones como observadores.

            Dejando volar la imaginación para fijarse solo en el tamaño de las cosas animadas e inanimadas y haciendo abstracción de todo lo demás, podemos ver, y más que ver imaginar por lo limitado de nuestra vista, que el mundo que por todas partes nos rodea está lleno de relatividades muy distintas a la elaborada por Einstein, pero que lo son, y muy significativas, a su manera. Veamos algunas:

-Empezando por el Universo conocido (puede haber otros fuera, y parece que hay otro dentro, el de la materia oscura, que se intuye por cálculos matemáticos), es difícil habituar la mente humana a hacerse una idea de sus dimensiones, con el añadido de que está en expansión creándose a la vez nuevo espacio y tiempo.

-De las galaxias que pueblan el Universo –no se sabe el número, pero son muchísimas y muy lejanas-, la nuestra, a la que por razones mitológicas llamamos Vía Láctea, pese a los cien mil millones de estrellas que se le calculan y a su diámetro equivalente a cien mil años-luz, es bastante corriente en su clase y no puede codearse con otras mucho mayores que ella en tamaño y población estelar.

-Nuestro Sol, ese que ahora nos calienta y mantiene vivos, pero que achicharrará primero y volatilizará después nuestro planeta Tierra cuando se le vaya acabando el combustible, es solo una modestísima estrella situada casi en el exterior de la Vía Láctea, tan modesta que si la ponemos al lado de las estrellas gigantes conocidas se vuelve tan invisible a nuestros ojos como una semilla de amapola junto a una sandía de buen tamaño.

-La Tierra, este mundo donde algunos vivimos tan inconscientes y prepotentes, para intentar verla al lado de donde hemos puesto el Sol junto a sus hermanas gigantes necesitaríamos un microscopio de barrido. Pero, claro, comparada con nuestro tamaño resulta muy grande, y sus mares, desiertos y montes muy extensos y altos, y también nos parecen grandes algunos animales como los dinosaurios de los museos y las ballenas y elefantes actuales, y lo mismo podría opinar la pulga oculta en el pelo del ratón al que parasita respecto del tamaño aparente de su huésped. La propia pulga parecerá también un gigante a los ácaros que pueblan nuestras alfombras y nuestra piel, y éstos a su vez lo serán para las bacterias, y éstas para los virus que las infectan.

            ¿Dónde nos detenemos? Porque podemos seguir bajando en la escala de tamaños hasta llegar a los átomos que forman la materia, cuya forma y dimensiones en relieve se nos ofrecen gracias al microscopio de barrido que nos hubiera hecho falta para ver la Tierra junto a las estrellas gigantes. Pero aún podemos bajar más, a las partículas subatómicas, imposibles de ver con ningún microscopio, y solo reconocibles por el rastro dejado en detectores especiales al colisionar entre sí en los formidables campos electromagnéticos de los túneles aceleradores de partículas. Creo que es hora de parar. Porque, por abajo, no sabemos todavía cuántas partículas tiene el átomo, término este que, paradójicamente, significa que no se puede cortar o dividir, y por arriba, cuántas galaxias tiene el Universo, ni tampoco si hay más de uno.

            Esta particular visión de la relatividad ceñida a algo tan genérico y vulgar como el tamaño, debiera hacernos pensar. Y más todavía si considerásemos otras relatividades –piense cada cual en sus preferencias; quizá podría alumbrar un nuevo sistema filosófico-. Por lo que a mí respecta, por mi tamaño corporal y mi particular reflexión personal, me veo dentro del sistema sin duda más cerca de lo pequeño que de lo grande, pero consciente de poseer un cerebro que, en términos evolutivos, desde que se puso de pie el primero de nuestros ancestros homínidos se ha desarrollado a velocidad supersónica hasta ser capaz de comprender cómo funciona el medio en que vive, razonar en abstracto y hacerse preguntas trascendentales sobre su origen y su futuro, con la maravilla añadida de saberse, a la vez, ente individual y colectivo de la única especie de seres vivos capaces de hacerlo en todo el Universo conocido.

            Lo cual me lleva de la mano a la razonable conclusión de la conveniencia de vivir en armonía con el propio entorno y tratar de comprender y respetar a los de cualquier credo que lo comparten conmigo.