“DE FABULACIONES Y LEYENDAS: LA ARMENGOLA”

Rafael Moñino Pérez

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VIERNES 17-02-2017

El título de esta reflexión podría alargarse con sinónimos como cuentos, quimeras, pseudohistorias, fantasías, invenciones y tradiciones orales, incluyendo hasta dragones voladores raptores de doncellas (princesas incluidas) a quienes, invariablemente, después de matar al bicho liberan valerosos caballeros revestidos de pesadas armaduras y provistos de cortantes espadas sobre briosos corceles blancos. Rara será la población que con motivo de sus fiestas locales no incluya ninguno de los elementos citados o algún otro parecido, la mayoría de inocente factura, o sucesos prodigiosos en cuyo análisis serio más vale no entrar. Las fiestas, por su parte, constituyen un motivo de regocijo público de gran importancia en el devenir local donde la gente participa activamente y, modernamente, con especial actividad en el Levante peninsular gracias a la adopción de las llamadas fiestas de Moros y Cristianos por prácticamente todas las poblaciones, incluso las que carecían de esta tradición. Por mi parte, pese a la dudosa o nula base histórica de esto último en muchos lugares y sus manifiestos anacronismos, en los que no suelo participar, los aplaudo por lo que tienen de divertimento para sus protagonistas y espectadores, como aplaudo también cualquier manifestación festiva para disfrute y sano esparcimiento popular.

            Hay, sin embargo, una objeción a una parte de lo dicho hasta aquí, precisamente relacionado con el título que encabeza estas líneas, y es el trato que reciben algunas leyendas a medida que pasan los años sin que nadie, con honrosas pero escasas excepciones muy dilatadas en el tiempo, se ocupe en recordar que son precisamente eso: leyendas, y que como tales carecen de veracidad por no estar apoyadas en hechos históricos documentados. El vulgo (y no siempre el vulgo, pues a ello ha contribuido a veces la complicidad de algunos intelectuales, unas veces por activa y otras por pasiva), acaba creyendo lo que por falta de fundamentos históricos no es cierto, especialmente cuando la leyenda, desprovista de fabulosos reptiles voladores escupidores de fuego y de situaciones puerilmente presentadas que invitan a la sonrisa, tiene visos de verosimilitud por ofrecer hechos, contextos, nombres y personajes de relativa proximidad histórica cuajados de patriotismo local. Aquí, en honor a la verdad que debe prevalecer sobre fantasías y ensoñaciones, es donde más se nota el pecado de omisión de algunos de los que, por conocerla, debieran sacarla a relucir cíclicamente para separar el grano de la paja y mantener las cosas en su justo término, o al menos no contribuir con escritos de marca neutra, cuando no complacientes, porque transcurrido el tiempo suficiente y variadas las circunstancias -que hoy cambian a ritmo de vértigo-, lo falso pasará a engrosar como verdadero el fondo de saco de la noche de los tiempos, tópico acreditadísimo al que se acude como excusa cuando las propias luces no dan para más.

            ¿Significa esto que no deben celebrarse festejos basados en leyendas? Todo lo contrario. El pueblo no va a dejar de divertirse por eso, y la gente no dejará de representar su papel, y es bueno que así sea, disfrazándose de lo que le venga en gana por anacrónico y disparatado que parezca, como demuestra el hecho de ver desfilar hasta comparsas de Romanos, Americanos, Zulúes y Piratas del Caribe en los bandos cristiano y moro de algunas ciudades. Pero la diversión no tiene por qué llevar aparejada la ignorancia, y esta es una de las razones por las que escribo esto, puesto que no hace mucho pude comprobar que hasta algunas personas de cierta relevancia social, a las que se supone medianamente informadas, estaban, por lo que atañe a lo que sigue a continuación, en la inopia.

            Dicho lo que antecede, entremos, como vulgarmente se dice, en harina. Un caso paradigmático de fabulación que con creciente brío se repite todos los años es el de la Armengola de Orihuela. Desde aquí cedo la palabra a uno de los historiadores que ha explicado muy bien los entresijos de este personaje, Juan Bautista Vilar, y me limitaré a comentar parte de lo que dice en su obra HISTORIA DE LA CIUDAD DE ORIHUELA (tomo 2º, “Orihuela Musulmana”, pgs. 207 a 213.

            Lo primero que salta a la vista es que la Armengola fue el invento o creación de un sastre de Orihuela residente en Valencia. Textualmente dice Vilar que “la fuente literaria más antigua en que hallamos recogida la tradición de Armengola es “La Murgetana”, poema épico en octavas reales publicado en Valencia en 1608. Era su autor Gaspar García Ortiz, residente en la ciudad del Turia y muy pagado de su patria chica, Orihuela, por lo que se firmaba Gaspar Oriolano. Sastre versificador no desprovisto de cierta facilidad e ingenio, forzando un tanto su parca musa se lanzó a la aventurada empresa de cantar las glorias del antiguo reino murciano, empresa de la que, por rebasar sus posibilidades, no salió demasiado airoso. Prueba de ello es que no satisfizo al Concejo de Murcia, financiador de la obra. La corporación encomendó entonces al licenciado Francisco Cascales que compusiera sus excelentes “Discursos históricos”.

            El texto transcrito, como se ve, es resolutivo: De él se desprende claramente que personajes como Pedro Armengol, de cuyo apellido toma su mujer el apodo, sus hijas, los fornidos varones vestidos con sus ropas y el resto de actores, más los hechos que se les atribuyen, son el fruto de la mente calenturienta de un sastre al que podemos suponer destreza en su arte con la aguja, pero escaso de solvencia lírica, aunque esta deficiencia sería bastante perdonable si la historia que contó fuera cierta, que no lo es. Pero, ¿por qué ha llegado hasta nosotros con tal pujanza su mediocre y ficticia obra ocupando un lugar tan preponderante? Pues porque el texto, para desgracia del buen hacer y rigurosidad históricas propias del caso, fue a parar a manos del rector Gaspar Juan Escolano, a la sazón cronista mayor de Valencia, que lo dio por bueno suponiendo que, siendo el autor de Orihuela, debía conocer bien los hechos que contaba. Errare humanum est, que en esta ocasión fue doble, puesto que a esta desafortunada suposición, que debió ser confirmada como corresponde antes de darle validez, se unieron las prisas para incluirlo en el texto del tomo VI de la Historia de Valencia que tenía listo para la imprenta. Tamaño desliz, dada la autoridad de quien lo cometió, hizo que toda una pléyade de historiadores, salvo contadas excepciones, lo propagara a discreción. El resto, las consecuencias, son fáciles de imaginar porque a la vista están: la Armengola ha venido, y lo ha hecho para quedarse, pues lo que sobrenada de todo esto para el común de la gente es que este personaje fue real, y por ende protagonista de hechos históricos relevantes en Orihuela, cuando lo cierto es que nunca ocurrieron, sencillamente porque ella, su supuesto marido, y el resto de figurantes de la leyenda fueron tan de carne y hueso como el Guerrero del Antifaz.

            Ya dije antes que aprecio las fiestas, la participación popular en ellas y la ilusión que despiertan en sus actores representando sus respectivos papeles por absurdos y extemporáneos que resulten, a lo que añado la felicidad de las oriolanas que interpretan a la Armengola y la de las mujeres de otras poblaciones en sus papeles de reinas y damas festeras, pero también vuelvo a decir que la diversión no debe llevar aparejada la ignorancia. Y termino diciendo que me duele que sea así, y más me duele que Orihuela, la tierra querida de mis antepasados, se vista de oropeles dejando en su armario la infinidad de ricos y acreditados ropajes históricos con los que podría engalanarse.