“EL GUADIANA DE LA ENSEÑANZA CONCERTADA”

Rafael Moñino Pérez

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MARTES 10-05-2016

  Como la cabra que tira al monte, el viejo tema de la enseñanza concertada desaparece y asoma como el Guadiana, y digo viejo tema por que lo conozco desde hace casi cuarenta años, y sigue igual aunque los actores sean otros, de otra generación.

            Diré de entrada que no soy maestro, sino padre de familia que, preocupado por la educación de los hijos, primero formó parte de las asociaciones de dos colegios concertados, y luego de la de un Instituto de Enseñanza Media, así que lo que sigue es, estrictamente, el relato de la experiencia personal. De entrada también, ante el inveterado intento de control ideológico y de pensamiento único existente, hay que decir y recordar que la formación y educación de los hijos es responsabilidad, en primer lugar, de los padres, un derecho constitucional que se tiende a olvidar en algunos lugares y que se incumple sistemáticamente en otros.

            Dicho lo que antecede, pasemos ahora al terreno práctico de la cuestión tal como  la he vivido, y personalmente la entiendo, con las siguientes consideraciones:

Primera: Todavía está por saber –y agradecería que alguien me lo dijera- cuánto cuesta al erario común la plaza de un alumno en la enseñanza pública. En la concertada es muy fácil: Aportación de los padres, más aportación estatal, dividida por el número de alumnos, igual a resultado. Se tiene por cierto que la plaza pública es más cara que la concertada (entonces lo era), y si estoy en un error no me importaría rectificar.

Segunda: Los padres de la enseñanza concertada pagan por la educación de sus hijos, no sé si el doble, pero no andará lejos, que los de la pública, puesto que ésta se paga con los impuestos de todos y aquélla con la aportación los padres que no cubre el Estado, con el resultado incuestionable de que el Estado se ahorra dinero con la concertada.

Tercera: La enseñanza concertada no es cosa de ricos. En las asociaciones donde estuve había de todo: Pudientes, medio pudientes y escaso pudientes, teniendo con estos últimos un comprensivo trato especial, tanto por el colegio como por la asociación de padres, si algún mes había dificultades en el pago de la mensualidad. Y también quiero añadir de pasada que en lo tocante a ideologías o credos había de todo, algo que no era necesario preguntar porque en los pueblos nos conocemos todos, pero por encima, muy por encima de todo primaba el interés común por el logro de la mejor enseñanza y formación de nuestros hijos.

Cuarta: Calidad de la enseñanza: Este es un tema impreciso donde, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas, porque siendo la dirección y el claustro de profesores piezas tan importantes y fundamentales en la formación del alumnado, de su capacidad de gestión dependerá primordialmente el resultado, ya sea público o concertado el colegio donde trabajen. Pero sí puedo añadir a este respecto un dato constatado de cuando formé parte de la dirección de un Instituto de Enseñanza Media en representación de los padres, y era que el nivel medio de los alumnos que llegaban procedentes de la enseñanza concertada era superior al de la pública.

Y quinta: Los actuales mandamases detractores de la enseñanza concertada deberían pensar qué pasaría si los colegios concertados cerraran de golpe sus puertas y echaran los alumnos a la calle por no recibir del Estado la parte correspondiente. Para ahorrarles desgaste neuronal les diré que, con toda lógica, en compensación se les exigiría a ellos mismos, como responsables, la lista de colegios públicos vacíos disponibles para alojarlos y la de maestros para educarlos. Y también añado que a los pudientes les iba a importar una higa el hecho, pues como tales podrían mandar a sus hijos a la enseñanza privada. Así de simple.

            Pero la cabra sigue tirando al monte.