“EL REY DEL SOLAR”

 Rafael Moñino

Agente de Extensión Agraria 

Arbol tonto. Nicotiana glauca 1

SÁBADO 23-04-2015

Los solares del interior de las ciudades, por la especial composición de los materiales procedentes del derribo de los edificios que los ocupaban, sobre todo si eran obras antiguas, son un caso particular como vivero de plantas silvestres, entre las que abundan especies nitrófilas como cerrajillas, parietarias, bledos, artemisas, salicarias y rabanizas, por citar solo unas cuantas entre las herbáceas, pero el terreno que forma estos espacios, considerado bajo su aspecto como suelo agrícola, tiene de particular que, además de su riqueza en nitrógeno, se parece mucho a un aljezar por su contenido en yeso procedente de la destrucción de paredes y tabiques, y aquí es donde entra, ávido de sulfato cálcico, nuestro personaje, al que a pesar del peyorativo y vulgar nombre de árbol tonto con que se le llama por el común de las gentes (también tabaco moruno en otros lugares) me permito dar tratamiento real por ser quien realmente manda en el cotarro vegetal que puebla el solar, dado que, además de sus preferencias por el yeso, se trata de una leñosa, un auténtico árbol de porte llorón capaz de crecer hasta seis o siete metros de altura y de reproducirse a gran velocidad hasta cubrir prácticamente el suelo con su sombra y estorbar el crecimiento de las herbáceas vecinas. Y no se conforma con crecer en lo fácil, el suelo, sino que también escala cualquier rendija de una pared o de un balcón, pues sus semillas llegan a todas partes, y allí sienta sus reales hasta que el dueño de la finca lo erradique por temor a que le deshaga la obra con sus raíces como cualquier árbol haría en su lugar si pudiera.

        Nicotiana glauca sobre una rendija    Pero no acaban aquí sus singularidades. Es también una especie de tabaco, de su mismo género Nicotiana (Nicotiana glauca; el tabaco fumable es la Nicotiana tabacum), de hojas más pequeñas y lampiñas, hojas que son consideradas como venenosas, pero claro, como nosotros no lo sabíamos, y también que en esto de los venenos lo que cuenta es la dosis, y lo que no mata engorda, los chiquillos de mi época, cuando nos hacíamos un rasguño nos cubríamos la herida con una hoja previamente desprovista de cutícula para que el contacto de la piel con el parénquima y su savia fuera más íntimo, porque así, se decía, curaba más.

            Hemos citado de pasada sus semillas. También son singulares por su tamaño, pues son muy pequeñas, de menos de un milímetro, como las de su primo el tabaco, donde en un gramo entran nada menos que catorce mil -o catorce millones por kilo, si les parece (no es cosa de contarlas; creamos lo que dicen los libros, que alguien las habrá contado)-, de manera que con este tamaño cualquier medio de transporte, incluido el viento, le sirve para colonizar a distancia cualquier solar o rendija donde instalarse y germinar.

            Y por lo que al nombre vulgar respecta, por su comportamiento como árbol no parece tan tonto, sino más bien que, como dice el refrán,”a lo tonto tonto te la pega” y se convierte en un “okupa”.