“ESTOY POR BAJARME”

 El Cojense

Martes 06-10-2015

La vida moderna tiene para los viejos, entre muchas ventajas, el serio inconveniente de que no nos dejan morirnos en paz. En tiempos pretéritos –hasta un siglo atrás, por ejemplo-, las generaciones se sucedían de forma rutinaria, el viejo ocupaba su rincón en la casa y se iba muriendo poco a poco sin demasiados sobresaltos, según los cánones tradicionalmente establecidos. Pero hoy, entre lo que se puede ver de golpe y sin avisar a la vuelta de una esquina, o lo que aparece en la pantalla del televisor o te entra por el auricular de la radio, o te topas en la cola de cajas de un supermercado, te puede dar, no un infarto, que es pasarse, pero sí una fuerte sorpresa para la que no siempre se suele estar preparado. Les cuento lo que sigue por que me ocurrió todo, en los citados lugares y circunstancias, en menos días de los que tiene una semana.

La vuelta de la esquina.

            Los viejos de ahora, ya saben, parece que nos dedicamos a las finanzas. Iba yo ocupado en eso de la bolsa –no la del parquet y el Ibex 35, sino la otra, la de la compra (otros se dedican al asunto de los bancos, los de cuatro patas)- cuando al volver la esquina que da a la puerta de un salón de bodas me topé con un grupo de gente joven que esperaba el momento de entrar al banquete, y aunque sé y comprendo que para este tipo de actos la gente se viste y emperifolla de modo singular, tanto la visión de conjunto como los detalles que saltaban a la vista me sorprendieron sobremanera, sobre todo en los pollos, adjetivo calificativo con el que tradicionalmente se designó a los jóvenes varones, por que las chicas (que me ahorro el calificar de pollas o pollitas por si acaso se ofende alguien), como siempre, iban a lo suyo, o sea, tacones con necesidad de paracaídas para eventuales caídas, exhibiciones directas de nalgas sin necesidad de transparencias, y muestrarios de turgencias en bandejas de wonderbrás.

            Los pollos, que describo aparte por ser lo más sorprendente, iban vestidos, del cuello para abajo, normales para el caso: camisas de colorines, pantalones, etc., pero del gaznate hacia arriba, empezando por el peinado, y sobre todo el corte de pelo, increíbles. Algunos, con la cresta, hacían perfecto honor al calificativo aviar; en otros era media cresta para un lado y pelos desordenados –o sea, destrejiñaos- para el otro. En lo tocante al corte de pelo, éste no le iba a la zaga, ante lo cual dudaba si el barbero se merecía un premio por aguantar los absurdos caprichos del cliente, o una demanda judicial por manifiesto desprestigio del gremio, aunque solo fuera por dejar la faena a medio hacer, por que algunas de estas cabezas, si las dejaran en paz, a la velocidad que crece el pelo no recobrarían la normalidad por lo menos en tres meses. Pero lo verdaderamente llamativo eran algunas narices, cejas, labios y orejas, sobre todo orejas, con algo que a primera vista me parecieron lustrosas garrapatas más espesas que cuentas de collar, pues me recordaron tiempos pasados en los que perros, cabras y ovejas en manos de pastores desastrados lucían abundantes caparras por doquier. Y también, ¡cómo no!, me vino a la memoria el remedio: Zotal. Sí: Zotal, nombre comercial de un antiguo producto a base de creosotas muy eficaz contra ellas. También se eliminaban untándolas con aceite, gasolina o petróleo, y al día siguiente o se desprendían solas o quedaba el bicho despachurrado y muerto sin tiempo para soltarse hasta que se arrugaba y caía. Lo que no había que hacer era arrancarlas en vivo y a lo bestia por que el estilete chupador se rompía y quedaba dentro de la piel del animal, formándose luego una pústula. Algunas chicas también llevaban caparras, pero más discretamente, sin amontonar, pero entre los chicos había quienes, además del rosario en las orejas, portaban dos o tres por ceja y otras tantas por nariz y labios.

            Pero, claro, no eran caparras, como me dijeron luego, sino algo parecido que llaman piercing, y también me dijo un informante que esos eran solo son los que se ven, por que los hay colocados en lugares más difíciles y ocultos, lo cual me da igual, por que las ventajas no se las veo por ninguna parte, pero lo que sí me imagino -problemas de higiene aparte- son las “facilidades” que deben ofrecer estas caparras metálicas enganchadas a la piel a la hora de rascarse las orejas y las cejas, comer, limpiarse con la servilleta, o sonarse los mocos durante un buen resfriado. En fin, allá cada cual, que gente rara siempre hubo, incluso hasta quien dijo que valía la pena tener sarna por el placer de rascarse.

La televisión y la radio.

            Es sabido que la publicidad, per se, suele exagerar las bondades del producto a vender y silenciar sus defectos, pero a veces el publicista se pasa hasta llegar a mentir con descaro. Entre las exageraciones me han llamado la atención dos: la recomendación de comer patatas y la administración de hierro a los niños para combatir la anemia.

Las patatas, sin duda, tienen muchas virtudes alimenticias que aconsejan su consumo, en las que no voy a entrar por que no soy especialista en nutrición, pero de ahí a recomendarlas por su contenido en fibra y vitamina C, es pasarse. No destacan por la fibra, contenida principalmente en la piel, que no se come, y la vitamina C, aunque presente en crudo, al cocerla o freírla se va, literalmente, a hacer puñetas, pues se destruye con el calor. No se pueden comer crudas por indigestas y por su toxicidad, y hasta a los cerdos, cuando ocasionalmente se les alimentaba con patatas de destrío, había que hervírselas para evitar diarreas o mantenerlos vivos, pues el calor de la cocción destruye el alcaloide tóxico que contienen.

En cuanto a la anemia en los niños (no hace falta ser médico en esta caso, pues existe mucha información sobre ello), puede darse por carencia de hierro, pues, como se sabe, forma parte de la hemoglobina de la sangre, pero hay que ser bastante bruto para anunciar un medicamento contra la anemia haciendo rodar tornillos del siete sobre una mesa para demostrar la cantidad de hierro que contiene. Nuestras madres, antaño, eran más prácticas. Nos daban a beber con cuchara o a pequeños sorbos de una botella que contenía vino con un puñado de limaduras o virutas de la herrería del pueblo. Este remedio empírico, como el resto de los que el pueblo llano conoce por experiencia, tiene su sentido, pues el vino contiene ácidos, y uno de los más activos, el sulfúrico, se combina con el hierro formando sulfato ferroso, que es bastante asimilable por nuestro organismo. Con el tiempo y la aireación, el vino acaba estropeándose, y el sulfato ferroso pasa a férrico y pierde su eficacia, pero, como madres prudentes y sabias, nos preparaban el vino ferroso en pequeñas cantidades para su consumo en pocos días y curaban nuestras anemias, por lo menos las debidas a carencia de hierro, por que las de pan…, a veces no podían.

Lo de mentir es, indudablemente, más grave que exagerar. Por citar algunos anuncios que se mantienen a lo largo de los años, con altibajos cíclicos a tenor de las circunstancias, uno de los peores es equiparar el zumo natural de frutas con el embotellado, equivalente a comparar el oro de ley con el oropel. Otro menos relevante es que si te tomas esta o aquella ampolla o pastilla por las mañanas te pasas el día con más energía que un choto (o chota, en su caso), y un tercero es el de la imantación del agua para eliminar la cal (no nos dicen a dónde va la cal cuando se separa del agua, pues eso, al parecer, es lo de menos, pero si llamas pronto y compras un imán te regalan otro).

La cola del supermercado.

            Andaba yo también otro día en lo de la bolsa cuando, en la cola de la caja de un supermercado, observo en otra de las colas de clientes una pareja de cuyas cabezas pendían siete u ocho gruesas sogas de pelo mezclado con una fibra que igual podía ser yute, que estopa de cáñamo o de lino ennegrecidos. La verdad es que alguna vez he visto verdaderas obras de primor y elegancia en cabezas pobladas de trencillas cuidadosamente hechas con su propio pelo, pero lo que les cuento era muy distinto. Ya sé que una sola golondrina o una espiga no hacen verano, y que esta era una pareja singular por su rareza, incluida su desarrapada vestimenta, pero, ¡caray!, si hay que hacer sogas de casi un metro que se te caen encima de la cinta de la compra estorbando la labor de la cajera, y las sogas son gordas como longanizas, al menos téngase un poco de cuidado y fíjense en las que primorosamente trenzaban las sogueras callosinas para hacer alpargatas, o incluso las que en plan basto y para un solo uso hacíamos los agricultores con esparto crudo para atar la cebada en tiempos de siega, por que daba la sensación de que la singular pareja no solo se había autotrenzado sin mirarse al espejo sus propias sogas con mezcla de fibras sin ayuda del compañero, si no que hasta parece que pretendiera desde un principio que la faena quedara hecha unos zorros.

            Así que, visto lo que antecede, estoy por bajarme de esta sociedad consumista antes que llegue del todo y se extienda la absurda que apunta el horizonte, y subirme a cualquier pueblecito de montaña que no tenga más de una docena de habitantes para terminar mis días en paz.