¡MATEMOS LAS VACAS!. Por   Rafael Moñino Pérez. Agente de Extensión Agraria

 JUEVES 18-12-2014

             La recién acabada conferencia mundial de Lima sobre el calentamiento global parece imgres8que ha cerrado en falso y dejado para mejor ocasión la solución del problema. No me extraña: predicar y dar trigo son cosas distintas. Pero me llamó la atención algún comentario suscitado durante su desarrollo, pues se habló de las vacas, y me recordó la conclusión a la que llegaron hacia finales del siglo pasado, coincidiendo si no recuerdo mal con el Protocolo de Kioto de 1997, un grupo de científicos ingleses, consistente en que las vacas eran responsables del 25% de la emisión de metano de toda la actividad humana, incluida, naturalmente, la ganadería. No tengo, pues no soy científico, argumentos de igual calibre que oponer para refutar dicha conclusión, pero, como a cualquier hijo de vecino, me asiste el derecho de ponerla en duda. Tampoco debió impresionar demasiado a los participantes en Kioto si consideramos que Argentina, país participante que tenía bastantes vacas entonces -aunque a día de hoy parece que escasea la carne-, no estaba obligada a cumplirlo por que solo producía el 0’6% de todas las emisiones mundiales de gases contaminantes, que son, -recordemos la lista- los siguientes: Dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, hidrofluorocarbonos, perfluorocarbonos y hexafloruro de azufre, y digamos también que el metano es veinticinco veces más potente que el dióxido de carbono (CO2) por su efecto invernadero. Ahora, en Lima, parece que alguien ha recordado algo y se han nombrado las vacas, así que lo siento por vosotras, nobles y pacíficas vacas, de cuyas ubres otrora nos saciamos los hijos de madres secas antes de inventarse los pelargones y otras leches maternizadas, pues me temo que, en la próxima conferencia mundial, Estados Unidos, China, Rusia y demás países tenidos por contaminantes se laven las manos y os pongan a caldo, seguramente de estofado, para lo cual, hasta las más viejas y escuálidas pasareis por terneras -sois rumiantes y producís metano, no lo olvidéis-, y seréis culpables. Pero yo creo en vuestra inocencia.

            ¿Y qué es el metano, Señor, para que le echemos la culpa del calentamiento global a través de las vacas? Consultando un manual elemental de química orgánica me entero de que es un gas formado por un átomo de carbono rodeado de cuatro átomos de hidrógeno, el primero y el más ligero de la serie de los hidrocarburos saturados, incoloro e insípido, y que mezclado con aire en proporciones del 5 al 14% forma el llamado gas grisú, explosivo responsable de muchos accidentes mineros. Todo esto, en principio, me deja algo indiferente; hay gases con mejor historial, y hasta un grupo de ellos es de estirpe noble, según los químicos.

            Picado por la curiosidad, sigo buscándole las tripas al metano, ya que tanto preocupa a los científicos ingleses, y me sigo enterando de que el metano (CH4), aparte de tener varios nombres más, a cuál de ellos más raro, también es llamado “gas de los pantanos” por desprenderse de las charcas cenagosas cargadas de materia orgánica; que se destila de modo natural en las minas de carbón mineral (ya hemos citado al grisú); que se escapa con facilidad de los pozos de petróleo; que se produce en grandes cantidades en la fermentación alcohólica de las melazas de remolacha; que es el compuesto más importante del gas natural; y que se forma de modo especial en los hornos de coque. Inclúyanse entre los pantanos productores, por ejemplo, humedales como la Albufera valenciana, el Hondo de Elche y pueblos limítrofes, las lagunas de Ruidera, y Doñana, el humedal más importante de Europa, y pensemos en la solución más lógica aplicada a las vacas: su desecación.

            También, por experiencia personal, recuerdo a mediados del siglo pasado la instalación generadora de metano de la finca “El Encín”, de Alcalá de Henares, de cuyo digestor, cargado con estiércol de cerdo (el más productivo en metano de los estiércoles, según parece), se obtenía el gas que, convenientemente filtrado y comprimido era utilizado por los seis tractores agrícolas con que contaba la enorme finca de unas tres mil hectáreas, atravesada por el entonces cristalino y bien provisto de pesca río Henares, luego convertido en cloaca. Este metano, por lo menos, se transformaba en los motores, rendía su poder calórico en trabajo y salía por los tubos de escape en forma de dióxido de carbono y agua. Como pueden ver, existen otras fuentes productoras de metano además de las vacas. Y no he terminado; me reservo para el final la más curiosa. Pero, mientras tanto, reflexionemos, algo que empiezo a dudar hayan hecho los mencionados científicos ingleses, de los que, insisto, no me he creído nada, que uno es así de burro, o de novillo, que tanto da, por que, ¿cuánto metano debió desprenderse durante el Periodo Carbonífero hace 350 millones de años? Una burrada, teniendo en cuenta aquellos paisajes plagados de vegetación y grandes pantanos, pues todavía se desprende, como hemos dicho, de su producto natural, el carbón mineral que se formó por entonces. ¿Afectó esto al calentamiento global? No lo sé: díganlo los científicos. Hace 250 millones de años llegó el famoso Periodo Jurásico con sus dinosaurios, que se prolongó durante casi 200 millones de años más. La mayoría de ellos, y según parece los de mayor tamaño, eran vegetarianos, y debieron soltar metano a mansalva, pues el metano se produce fundamentalmente por la fermentación de la celulosa en condiciones anaerobias, propias de aparatos digestivos, aguas estancadas y modernos basureros. Se extinguieron, menos mal, antes que los científicos ingleses les culparan de nada. Los primitivos mamíferos, vacas y humanos incluidos, éramos por entonces del tamaño de ratones o poco más, huyendo de las pisadas de los dinosaurios grandes y de las mandíbulas de los pequeños.

            Y aquí estamos, desde el Plioceno para acá, que en tiempo geológico es un instante, con un aspecto evolutivo similar al actual, los recién llegados: vacas, resto de rumiantes y herbívoros monogástricos de todas clases, y nosotros. Sí, nosotros: el que esté libre de producir metano, que tire la primera piedra contra las vacas. (Pero sigamos reflexionando; es bueno para el espíritu). ¿No producían ingentes cantidades de metano los 30 millones de bisontes americanos (llamados búfalos allí) que pululaban por el Oeste, cuyas grandes manadas seguían para cazarlos a flechazos los antepasados de Toro Sentado hasta que llegaron con el Mayflower lo más selecto de cada casa -y parientes de estos científicos-, mejor armados y con peores intenciones; y después Buffalo Bill con su rifle y las mismas intenciones hasta casi exterminarlos? Ya se notaba la inquina contra la grey bovina sin necesidad de científicos. Menos mal que luego rectificaron, todo hay que decirlo, y llenaron el Oeste de ranchos con vacas Aberdeen Angus para abastecer de carne al país y poder filmar estampidas en las películas de vaqueros. También debemos suponer una gran producción de metano en la Pampa argentina, con sus grandes humedales poblados de vacas y de gauchos con sus boleadoras. ¿Y los caballos, angelitos míos, esos nobles brutos tan queridos por los ingleses? Tienen un ciego intestinal que ríase usted de los pantanos produciendo metano. Y del resto de los herbívoros, cuya lista sería exhaustiva, para qué hablar. Hay detalles enternecedores por lo singulares. ¿Recuerdan la película “Gorilas en la niebla”? Estos grandullones y cada vez más escasos primos nuestros, cuya existencia al parecer depende de un hilo por la posible desaparición de su hábitat natural, se pasan el día en plena y continua ventosidad productora de metano a causa de la digestión de los cuarenta o cincuenta kilos de hojas que deben comer diariamente para su mantenimiento. ¿Los matamos también? Aplicando la regla de la economía de metano deberíamos eliminar los herbívoros y dejar campar a sus anchas a los carnívoros, que producen poco, pero, ¿y los omnívoros como nosotros, que también producimos metano? Lo producimos en grandes cantidades, como dijimos antes, no solo con los basureros, esas auténticas montañas de detritos que formamos fuera de las grandes ciudades, y también con nuestra actividad industrial, sino hasta con nuestro propio cuerpo, y especialmente los seguidores de eso tan saludable que llaman dieta mediterránea, con sus frutas, sus verduras y sus legumbres. Hagan la prueba si quieren: Hasta el menos vegetariano de nosotros, si aplica una cerilla encendida a su trasero en el momento justo de expeler una ventosidad, verá con asombro la formación de una llamarada proporcional a la cantidad de gases expulsados: el principal responsable es el metano. Desde aquí invito a los mencionados científicos a producir sus respectivas llamaradas, y después, con el trasero socarrado, a matar vacas y lo que se ponga a tiro.

Pero, mire usted por donde, a estos señores tan doctos se les ha olvidado citar una fuente de metano cuya importancia creo supera con creces todas las nombradas, y es lo que en términos técnicos se llama permafrost, que es algo así como una mezcla de barro y materia orgánica congelada en depósitos submarinos y fondos de pantanos de las zonas próximas al polo Norte formados antes de la última glaciación, y que ahora, al calentarse el mar y los pantanos por la actividad indudablemente humana (cada vez hay más humanos calentando cosas y menos vacas ventoseando), liberan el metano aprisionado a tal velocidad que no puede disolverse todo en el agua y sale como auténticas chimeneas en forma de burbujas hacia la atmósfera para instalarse en las capas mas altas, pues pesa menos que el aire, o a reaccionar con lo que se ponga por delante, como los óxidos de nitrógeno y azufre que sueltan nuestras industrias y nuestros coches, barcos y aviones.

HABLEMOS EN SERIO

            Pido disculpas por el tono ligero y desenfadado usado hasta aquí, aunque los datos sobre el origen del metano sean rigurosamente ciertos, tanto para el procedente de las vacas como para el resto de las fuentes productoras. Los científicos ingleses, cuyas conclusiones se dan por ciertas aunque particularmente no comparta sus opiniones sobre la especial repercusión de las vacas en el calentamiento global, no han hablado para nada de matar animales, que en eso son muy considerados; esto es solo el título de este escrito, del cual soy responsable, y de su vena humorística, que puede gustar o no, pero el asunto tiene una segunda parte que, siempre en mi opinión, es para ponerse en guardia, y hasta para echarse a temblar. Por que para resolver el problema, los científicos  proponían introducir modificaciones en la dieta de las vacas para disminuir la producción de este hidrocarburo tan pernicioso para el medio ambiente, y el peligro consiste en lo que se les puede ocurrir dar de comer a las vacas, pues hay trágicos precedentes en este asunto. Para los profanos en el tema, a grandes rasgos hay que decir que las vacas, como el resto de rumiantes, tienen un aparato digestivo algo más complicado que el resto de los herbívoros, y que está diseñado para transformar solo alimentos vegetales, entre ellos la celulosa, presente en el pasto, forrajes, heno, paja, pulpas, etc. Aparte de esto, las grandes productoras de leche reciben un complemento de piensos concentrados en cantidad y calidad adecuadas a su mantenimiento y producción, pero estos concentrados, también de origen vegetal como granos de cereales, leguminosas y tortas de oleaginosas, no son aprovechables en grado óptimo si falta lo que se llama la “ración de volumen”, compuesta fundamentalmente por alimentos bastos de alto contenido en celulosa, así que esto es como la pescadilla que se muerde la cola: si hay celulosa, hay metano, y si no la hay, los piensos concentrados no se aprovechan bien y falla la producción lechera. También, si los équidos, entre ellos el caballo, el burro y su híbrido el mulo no reciben su correspondiente ración de forrajes junto con el pienso concentrado, suelen padecer diarreas. Dicho esto, veamos el porqué de mis temores por lo que se les pueda ocurrir para evitar el metano de las vacas, dados los antecedentes, pues parece como si algún sector del estamento ganadero inglés la tuviera tomada con estas pobres bestias.

            ¿Recuerdan el caso de las vacas locas en Inglaterra, cuya enfermedad se exportó a otros países y afectó también a varias personas? A grandes rasgos, pasó lo siguiente: Una vieja enfermedad de las ovejas, llamada scrapie, que desde este ganado tenía muy pocas posibilidades de infectar humanos, pasó a las vacas de forma un tanto misteriosa, pues todavía no está claro el asunto, pero el caso cierto es que ocurrió en Inglaterra. La enfermedad pudo pasar directamente de las ovejas o a través de algún humano infectado, no lo sabemos, y la duda siempre queda, pero hay un hecho incontrovertible, y es el de que en los concentrados de la ración alimenticia de las vacas se incluyeron harinas de carnes procedentes de mataderos de ovejas, lo que implica la mala práctica de dar a un rumiante alimentos cárnicos para cuya digestión no está diseñado su aparato digestivo. Digamos también que el agente responsable de esta enfermedad, llamada también encefalitis espongiforme bovina, (de ahí el nombre de vacas locas) es un prión, una proteína alterada, bastante resistente al calor, y que posiblemente los tratamientos industriales a que se sometieron los desechos de mataderos destinados a la obtención de harinas de carnes no fueron suficientes para inactivarlo, por lo que las vacas pudieron enfermar y servir de vehículo de infección hacia la especie humana, dañando de manera fatal el cerebro de los afectados. Para cortar la epidemia hubo, naturalmente, que matar muchas e inocentes vacas dentro y fuera de Inglaterra: No se tiene noticia de que se hiciera nada parecido con los culpables de las malas prácticas que pudieron ser causa de la propagación de la enfermedad. Ni falta que hace.

            Y en esas estamos. A ver, después de Lima, qué se les ocurre a los participantes de la próxima conferencia mundial en París. Me temo lo peor.