EN CORTO Y POR DERECHO: DEL BIEN HABLAR Y ESCRIBIR

El Cojense

MARTES 31-10-2017

Cuando se estudia, aunque sea por distracción y a ratos como es mi caso, una lengua como el latín –rara distracción, me ha dicho algún amigo, y en lo que estoy de acuerdo-, de la que derivan gran parte del contenido de las lenguas habladas en España, se llega, de rebote, a conocer bastante mejor las entrañas del propio idioma nativo, en este caso el castellano, o español por antonomasia. Por ello, cuando leo lo escrito en épocas anteriores a mi especial interés por este viejo idioma, observo cierta pobreza general en su redacción. Obviamente, no escribo lo bien que quisiera, y los defectos puede apreciarlos cualquiera a poco que se fije, pero si comparo lo que hacía y lo que hago en esta cuestión, veo, permítaseme la expresión, cierta mejoría. También noto en esta lengua, coincidiendo con alguien a quien se lo oí por la radio, bastante desorden sintáctico en comparación con el español, pero, aún así, me resulta atractiva.

De todas formas, yendo al grano intencional del título, y fuera de latines que ni están de moda ni se estudian como antaño en perjuicio del bien hablar y escribir, muchos de nuestros locutores de radio y televisión –y alguno de la prensa escrita- siguen yendo a la suya confundiendo territorios con geografías y estados, y presidentes con presidentas (se debe decir “señora presidente” cuando el cargo lo ostenta una dama). Pero ya no me sobresalto como solía cuando, a algún espécimen de los que parecen haber logrado pasar por el bachiller y la universidad con el mínimo de contaminación sobre el buen uso de nuestro común idioma le oigo decir, sin sonrojarse, que está lloviendo por tal o cual lugar de la Geografía española o del Estado español, ni tampoco me dan ganas, como antes, de comprobar que mis libros de Geografía siguen secos en sus estantes, ni llamar a los palacios de la Zarzuela, la Moncloa y las Cortes (conjunto monumental que para mí representan simbólicamente el meollo del Estado español), para ver qué tal de inundados andan, o si solo tienen goteras.

Otro de lo ejemplos más chuscos de mal uso del lenguaje corrió a cargo de los responsables de la información de la Dirección General de Tráfico con un consejo a los usuarios de las autovías mediante paneles luminosos cuando decían literalmente “Señalice los cambios de carril”, indicación que no cumplí en absoluto y que me apliqué rápidamente a publicar en este periódico aconsejando a los demás que no lo hicieran por lo difícil y peligroso de su cumplimiento, porque señalizar significa literalmente “poner señales”, y no me veo yo ni a nadie parando el vehículo y colocando señales cada vez que se vaya a cambiar de carril en la autovía. A esta memez se debe unir la última bobada, también de la DGT, en forma de recomendación sobre la velocidad, parida por el majadero redactor de turno, que oigo todos los días en la radio y que dice más o menos así: “Existe una asesina en serie que actúa en toda la geografía española, incluso en el extranjero: la velocidad”. Es dudoso. En mis libros de Geografía no hay ninguna velocidad asesina, ni en serie ni artesanal, y también dudo que nuestros vecinos extranjeros más próximos, portugueses y franceses, la tengan en sus respectivas geografías.

También, por culpa de estos zascandiles del lenguaje hace tiempo que evito ciertos vocablos por su total devaluación, al menos para mi, al haber perdido su sentido original y adoptar el contrario, y los evito para no tener que estar constantemente repitiendo que lo que mis interlocutores me oyen decir significa lo contrario de lo que interpretan. Por ejemplo:

Álgido: Se quiere significar así el punto más caliente, alto, destacado, decisivo o culminante de una cuestión o suceso. Pero resulta que álgido, del latín algidus, significa frío, helado o aterido.

Enervar: Quiere decirse con este vocablo que se está en tensión, nervioso, excitado, en guardia, etc. Pero enervar, del latín enervo, significa debilitar, agotar y afeminar, o sea, simplemente quitar el nervio. Y para remachar el clavo, el latín effemino significa afeminar y enervar.

Dialogar: Este vocablo, que para las personas normales desde que yo recuerdo (y ya tengo mis años) significaba simplemente conversar dos o más personas para exponer cada una sus razones, o negociar para tratar de ponerse de acuerdo en algo, se dirige al precipicio donde cayeron otros como álgido y enervar, y es así porque para la cerrazón mental de muchos de los que lo pronuncian y proponen no significa otra cosa que la ley del embudo, o lo que es igual, “lo mío es mío y lo tuyo  repartir”.

Y si como ya va siendo habitual, al término –esdrújulo- de alguna perorata de las que a diario escucho por radio y televisión, el trotalenguas de turno acaba como terminó –agudo- hace poco el de una televisión pública, con un “punto y final”, termino -llano- poniéndole mentalmente un cero en sintaxis y mandándole de nuevo a la escuela.